Chernóbil

Aún me quedaba un último post sobre Ucrania, y sobre Bielorrusia, en referencia a Chernóbil y sus voces.

Como no tenía prácticamente idea sobre Chernóbil y justo antes de salir de viaje fui a comprar libros y guías para el viaje, el de ‘Voces de Chernóbil’ de Svetlana Alexiévich (Premio Nobel de Literatura 2015) me pareció una interesante adquisición.

Este abril se han cumplido 30 años de la explosión de uno de los cuatro reactores de Chernóbil. En Kiev nos hemos bañado en el río Dniéper, si miráis el mapa podréis ver de dónde viene. Después de leer el libro, que es básicamente un conjunto de entrevistas a diferentes personas que han vivido la catástrofe, me quedan dudas sobre la situación actual en Kiev, por ejemplo, que está a unos 80 km en línea recta. La radioactividad se mide en cientos de años, no? ¿Qué marcan hoy en día los dosímetros en relación a la población de la capital ucraniana?

La lectura me ha encantado pero también me ha asustado. Hemos comentado con Patrick que si hoy en día hubiera otra catástrofe nuclear probablemente los gobiernos (fueran de donde fueran) actuarían igual… Erik se ha empezado a leer el libro y no deja de preguntarme: ‘pero esto no puede ser verdad, no?’ No sé si dejar que un niño de 12 años lea estas entrevistas. Pero por otro lado nos aseguramos de que no será un fan de la energía nuclear… De hecho ya se está planteando dejar de comer carne, después de entender un poco sobre el mercado de la alimentación…

Visto lo visto ya nos hemos olvidado de Chernóbil. Como veis en la foto existe un mercado curioso para el turismo ‘nuclear’. Quizás sea interesante recordar que sólo han pasado 30 años. Y esto para los átomos nucleares es equivalente a un segundo…

Las entrevistas de la autora son a personas en muchos casos de Bielorrusia. Porque la central nuclear estaba en Chernóbil (Ucrania), pero casi en la frontera con Belarús. Y la nube tóxica primero se desplazó hacia Minsk (capital de Bielorrusia). En Ucrania ya tardaron en evacuar e informar a la población (seguramente tarde y mal) pero parece que lo que pasó en Bielorrusia no tiene nombre: directamente ningunearon los efectos de la explosión para la población bielorrusa.

A continuación cito algunos fragmentos del libro que me parece interesante compartir. Por supuesto no es obligatorio leerlos pero creo que os aportarán alguna cosa… 🙂 (o bien os compráis el libro directamente!)

Al menos miraros el fragmento que está en color rojo y negrita… 😛

 

Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado. Se trata de 2.100.000 personas, de las que 700.000 son niños. Entre las causas del descenso demográfico, la radiación ocupa el primer lugar (…) Belarús es tierra de bosques, pero el 26% y más de la mitad de sus prados situados en los cauces de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh se encuentran en zonas de contaminación radiactiva…

 

Han confluido dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió bajo las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales. Y la primera resulta más cercana, más comprensible. La gente está preocupada por el día a día y por su vida cotidiana: ¿Con qué comprar? ¿Adónde marcharse? ¿Bajo qué banderas avanzar de nuevo? ¿O hay que aprender a vivir para uno mismo, vivir cada uno su propia vida? Esto último lo ignoramos, no lo sabemos hacer, porque hasta ahora nunca hemos vivido de ese modo. Esto es algo que experimentamos todos y cada uno. En cambio, de Chernóbil querríamos todos olvidarnos, porque ante él nuestra conciencia capitula. Es una catástrofe de la conciencia. El mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires.

Si hubiéramos vencido a Chernóbil, lo habríamos entendido hasta el final y habríamos escrito más sobre él (…) La realidad resbala sobre nosotros y no tiene cabida en el hombre.

 

En decenas de kilómetros no hay un alma (…) Ahora consigo algo junto a las tumbas. Lo que les dejan a los difuntos: comida, bebida. A ellos no les hace falta. Y no se enfadan conmigo.

 

Primero quisieron evacuar nuestro poblado, pero luego lo borraron de las listas: al Estado se le acabó el dinero. Fue entonces cuando me enamoré. Me casé. Yo no sabía que aquí no podíamos amarnos (…) He luchado cuatro años. Con los médicos, con los funcionarios. He llamado a las puertas de los despachos más importantes. Y solo, al cabo de cuatro años, me han entregado un certificado médico confirmando la relación entre las radiaciones ionizantes (en pequeñas dosis) y su terrible patología. Cuatro años me lo estuvieron negando: su niña es un inválido infantil. Cómo que un inválido infantil? Es un inválido de Chernóbil (…) Los médicos se justificaban: “Nos han dado instrucciones. Casos como éste hemos de diagnosticarlo como una dolencia común. Dentro de 20 ó 30 años, cuando se complete el banco de datos, empezaremos a relacionas las enfermedades con la radiación ionizante. Con las pequeñas dosis. Con lo que comemos y bebemos en nuestra tierra. Pero, de momento, la ciencia y la medicina saben poco del fenómeno.” 

 

¿Qué es lo que recuerdo? Durante los primeros días después del accidente, desaparecieron de las bibliotecas los libros sobre radiaciones, sobre Hiroshima y Nagasaki, hasta los que trataban de los rayos X. Corrió el rumor de que había sido una orden de arriba, para no sembrar el pánico. Para nuestra tranquilidad. (…) Ni una sola recomendación médica, ninguna información.

 

Me pasaron por la cabeza algunos recortes de periódico. Que nuestras centrales atómicas eran completamente seguras, que se podrían construir en la Plaza Roja. Junto al Kremlin. Más seguras que un samovar. Que se parecían a las estrellas y que sembraríamos toda la tierra de estas centrales.

 

Un presidente de koljós que se trae un cajón de vodka para la unidad de dosimetristas pidiendo que no apuntaran su aldea en la lista de evacuados, y otro, también con su cajón de vodka, pero para que los evacuaran. Al tipo ya le habían prometido un piso de tres habitaciones en Minsk. Nadie comprobaba las mediciones de las dosis.

En fin, el caos ruso de siempre. Así vivimos. Algunas cosas las daban de baja y luego las vendían. Por un lado, te da asco, pero, por otro: ¡qué os parta un rayo!

(…) ¡Lo fuerte es que se trataba de lugares preciosos! De una hermosura… Y esa misma belleza era la que hacía de aquel horror algo aún más pavoroso. El hombre debía abandonar aquellos lugares. Huir de allí como un malvado. Como un criminal.

(…) El comisario político nos leía los artículos de los periódicos en los que se hablaba de del “alto grado de conciencia y la esmerada organización”, y que a los pocos días de la catástrofe sobre el cuarto reactor ya ondeaba la bandera roja. Como una llama. Pasados unos meses, se la zampó la elevada radiación. E izaron una nueva bandera. Y más tarde, otra. La vieja la rompían a trocitos para llevársela de recuerdo; se metían los trozos debajo de la chaqueta, cerca del corazón. ¡Y luego se lo llevaban a casa!

 

El ganado de Belarús de lo llevaban y lo vendían a Rusia. Terneras con leucemia. Qué se le va a hacer. A venderlas más baratas.

Los que más pena daban eran los viejos. Se acercaban al coche y te decían: “Échale una mirada a mi casa, joven”. Te ponían las llaves en las manos: “Llévate el traje, la gorra”. Les daban una miseria. “¿Cómo está mi perro?” Al perro lo habían matado de un tiro; la casa ya la habían desvalijado.

(…) Nos pidieron que cazáramos un jabalí para una boda. ¡Un encargo! El hígado se te deshacía en las manos. De todos modos te lo encargan. Para una boda. Un bautizo… (…) Pero, de todos modos, hasta cazamos para nosotros y comemos de eso. Al principio teníamos miedo, pero ahora ya nos hemos acostumbrado.

 

Ha aparecido un nuevo enemigo. El enemigo se ha presentado ante nosotros con otro aspecto. ¿Sabe? Hemos tenido una educación militar. Una manera de pensar militar. Se nos había preparado para repeler y liquidar un ataque nuclear. Debíamos enfrentarnos a una guerra química, biológica, atómica. Pero no para expulsar radionúclidos de nuestro organismo. Medirlos. Vigilar el cesio y el estroncio. Esto no se puede comparar con una guerra, no es exacto, y sin embargo todos lo comparan.

(…) Desde mi punto de vista, somos material para una investigación científica. Un laboratorio internacional. En el centro de Europa.

 

Los dosímetros estuvieron a la venta un mes y luego desaparecieron. No se puede escribir sobre esto. ¿Cuántos y qué radionúclidos nos han soltado? Sobre esto tampoco. Prohibido también decir que en las aldeas sólo han quedado los hombres (…) Pero he aquí un implacable tachón del redactor jefe: “No olvide que estamos rodeados de enemigos. Tenemos muchos enemigos al otro lado del océano”. Y por eso sólo tenemos cosas buenas y ninguna mala.

 

La Unión Soviética cayó. Se derrumbó. Pero muchos siguieron esperando ayuda durante mucho tiempo de un gran y poderoso país que había dejado de existir.

Mi diagnóstico es… ¿Quiere oírlo? Una mezcla de prisión y de jardín de infancia: esto es el socialismo. El socialismo soviético. El hombre entregaba al Estado el alma, la conciencia, el corazón, y a cambio recibía una ración.

 

Chernóbil. ¿Quién tiene la culpa, el reactor o el hombre? Sin duda, el hombre; él no lo hizo funcionar como es debido, se cometieron monstruosos errores. Una suma de errores (…) Se trata de la mayor catástrofe de origen técnico en la historia de la humanidad (…) Chernóbil ha sido un golpe duro para nuestra imaginación y lo ha sido también para nuestro futuro.

(…) Por el número de víctimas que provoca, lo que ocupa el primer lugar en el mundo no es la catástrofe de Chernóbil, sino el automóvil. ¿Por qué nadie prohíbe la producción de automóviles? Es más seguro viajar en bicicleta o en burro… O en carro. 

 

¿Y los soldados que trabajaron en el mismo techo del reactor? En la liquidación de las consecuencias de la avería se destinaron, en total, 210 unidades militares: cerca de 340.000 militares.

 

Y de nuevo con el dosímetro: ahora junto a un plato de sopa de pescado, luego con una pastilla de chocolate, y después sobre unos bollos en un quiosco al aire libre. Era un engaño. Los dosímetros militares de los que entonces disponía nuestro ejército no estaban preparados para medir alimentos, sólo podían medir la radiación ambiental.

Un engaño tan increíble, semejante cantidad de mentiras asociadas a Chernóbil en nuestra conciencia, sólo había podido darse en el 41. En los tiempos de Stalin.

(…) Nadie entendía qué había pasado. Llamé al servicio de reclutamiento. Nosotros, los médicos, siempre estamos en activo. Y me ofrecí voluntaria (…) “Necesitamos gente joven”. Yo intenté convencerle: “los médicos jóvenes, primero, no están preparados, y segundo, para ellos es más peligroso, el organismo joven es más sensible al efecto de las radiaciones” (…) “Las órdenes son reclutar a jóvenes”.

 

Y a nuestra pregunta: “¿Qué se puede hacer?”, nos respondían:”Hagan sus mediciones y miren la tele”. Por la tele aparecía Gorbachov calmando los ánimos: “Se han tomado medidas urgentes”. Yo le creía. Yo, un ingeniero, con veinte años de experiencia , buen conocedor de las leyes de la física. Porque lo que soy yo, sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo. Al menos por un tiempo. Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele.

(…) Respecto a su pregunta sobre por qué, a pesar de saber lo que ocurría, callábamos. ¿Por qué no salimos a la calle, por qué no alzamos la voz? Hacíamos informes, preparábamos documentos explicativos. Pero callábamos y nos sometíamos sin rechistar a las órdenes, por disciplina de partido. Soy comunista. No recuerdo que ninguno de nuestros trabajadores se negara a viajar a la zona. Y lo hacían no por miedo a que los expulsaran del Partido, sino por sus convicciones.

(Ex-ingeniero jefe del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús)

 

Nosotros debíamos… Nuestro deber era… No se puede decir que desde un primer momento se ocultara todo, porque al principio nadie se hacía cargo de las proporciones de lo sucedido. Nos regíamos por las consideraciones políticas más elevadas.

Hay que reconocer que nadie se creía lo que había sucedido. ¡Ni los científicos se lo podían creer! Nunca hubo un caso similar. No solo en nuestro país, sino en todo el mundo.

(…) Un estereotipo militar de comportamiento. Tampoco conocían otro. No comprendían que la física era algo que realmente existía. Que había una cosa llamada reacción en cadena. Y que no había orden ni disposición gubernamental que pudiera cambiar esta física. El mundo se fundamenta en ella y no en las ideas de Marx.

(…) ¿Se imagina usted nuestra gente sin una idea? ¿Sin un gran sueño? Esto también da pavor. Ya ve lo que está pasando ahora. Todo se derrumba. El vacío de poder. El capitalismo salvaje. Sin embargo… Stalin… El archipiélago gulag…

(…) A quién le hacía falta esa verdad? (…) No debíamos permitir que cundiera el pánico. Mi trabajo… Mi deber era…

Si soy un criminal, ¿por qué entonces mi nieta… sangre de mi sangre… también está enferma? (…) ¿Qué pensará la gente si me llevo a mi hija con su niña pequeña cuando sus hijos se quedan?

(…) Durante los primeros meses… En Ucrania se había dado la alarma; en cambio, aquí, en Belarús, todo se mantenía en calma. La siembra se encontraba en su punto álgido.

(ex primer secretario del Comité Regional del Partido de Slávgorod)

 

Una vecina me informó en voz baja que por radio Svoboda habían informado sobre la avería en la central atómica de Chernóbil. Yo entonces no le di ninguna importancia. Estaba convencida de que si hubiera sido algo serio nos lo habrían comunicado. (…) por la noche de aquel mismo día, la vecina me trajo unos polvos. Se los dio un familiar, que le explicó cómo tomarlos (trabajaba en el Instituto de Física Nuclear) pero le hizo prometer que no diría ni una sola palabra.

(…) He viajado a la zona desde los primeros días. Recuerdo que me paraba en algún pueblo y lo que me impresionaba era ¡el silencio! Ni pájaros ni nada se oía (…) Fue la primera vez que vi la tierra sin pájaros. Sin mosquitos. No volaba nada.

(…) La población recibía dosis cientos de veces superiores a las que recibían los soldados que vigilaban las zonas donde se realizaban los experimentos de las bombas atómicas. (…) Y las oficinas de los koljoses veías colgados unos anuncios firmados por los radiólogos del distrito en los que se aseguraba que las cebollas, las lechugas, los tomates y los pepinos se podían comer. Todo crecía y todos comían.

(…) En aquella misma aldea, Malínovka, entramos en una guardería. Los niños corrían por el patio. Los más pequeños jugaban en la arena. La directora nos explicó que cambiaban la arena cada mes. La traían de alguna parte. Se puede usted imaginar de dónde la traían. Los niños se veían tristes (…) “No se esfuercen. Nuestros niños no sonríen. Y en sueños lloran”.

(…) Persuadían a la gente para que no se marchara.

(…) ¿Le he contado que estaba rigurosamente prohibido hacer fotografías junto al reactor? Sólo se podían hacer con un permiso especial. Te retiraban las cámaras (…) A los cámaras de televisión, la KGB les retiraba sus cintas (…) Cuántos documentos destruidos. Cuántos testimonios. Perdidos para la ciencia. Para la historia. Sería bueno encontrar ahora a los que dieron aquellas órdenes.

(periodista)

 

Y para acabar fragmentos de la entrevista que más me ha impresionado, al ex director del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús.

 

(conversación telefónica con Sliunkov, el primer secretario del Comité Central)

– Según mis cálculos (…) la columna radioactiva se mueve hacia nosotros. Hacia Belarús. Hace falta realizar inmediatamente una operación de profilaxis de yodo para la población y evacuar a todo el mundo que se encuentre cerca de la central. Hay que sacar a toda la población y a los animales en cien kilómetros a la redonda.

– Ya me han informado. Ha habido un incendio, pero lo han apagado.

(…) (En Minsk) Le mido a mi hijo la tiroides: ¡180 microroentgen la hora!

(…) En Ucrania ha empezado la evacuación.

Sliunkov: – ¿Qué se proponen sus dosimetristas corriendo por toda la ciudad, sembrando el pánico? Me he asesorado en Moscú, con el académico Ilín. La situación es normal. Se han mandado tropas, maquinaria militar, para cubrir la brecha. Y en la central está trabajando una comisión gubernamental. También la fiscalía. Allí aclararán el asunto. No conviene olvidar la guerra fría. Estamos rodeados de enemigos.

Sobre nuestra tierra ya se habían precipitado miles de toneladas de cesio, yodo, plomo, circonio, cadmio, berilio, boro, una cantidad incalculable de plutonio (…) En total, 450 tipos de radionúclidos. El equivalente a 350 bombas como las que se lanzaron sobre Hiroshima. Se debía hablar de física. En cambio, se hablaba de enemigos. Se buscaba al enemigo.

(…) Justamente por aquél entonces a Sliunkov lo estaban promocionando para ir a Moscú, para un ascenso. (…) Un país estalinista. Seguíamos siendo un país estalinista.

(…) Tenían más miedo de la ira que les podía llegar desde arriba que del átomo. Todo el mundo esperaba una llamada de teléfono, una orden. Pero no hacía nada por su cuenta. Se temía la responsabilidad personal.

(…) Dispongo información de que ellos (las autoridades) sí que tomaban yodo. Cuando los exploró el personal de nuestro instituto, todos tenían la tiroides limpia. Algo imposible sin el yodo. También a sus hijos los sacaron a escondidas lejos del desastre. Y cuando iban a visitar las zonas, ellos sí que llevaban máscaras, trajes especiales. Todos los medios que les faltaba a los demás.

Hace ya tiempo que no es ningún secreto que en las afueras de Minsk se mantenía un rebaño especial de ganado. (…) Personal. Campos especiales, invernaderos especiales. Un control especial. Y lo más repugnante. Nadie ha respondido de esto.

Dejaron de escribirme. De escucharme.

(…) Del instituto se llevaron todos los aparatos de control radiactivo. Los confiscaron. Sin explicación alguna. Me llamaban a casa, amenazándome.

(…) Yo tenía los mapas, las cifras. (…) Me abrieron una causa criminal.

(…) El primer año… Un millón de toneladas contaminadas se transformaron en pienso, pienso que se dio de comer al ganado (y su carne luego fue a parara las mesas de los humanos). (…) Las aldeas se evacuaron, pero los campos se seguían sembrando. (…) Se comprobaba sólo lo que salía de la zona. Las partidas destinadas a Moscú, a Rusia.

 

Comprobamos de manera selectiva el estado de salud de los niños en las aldeas. Varios miles de niños y niñas. Las criaturas tenían 1.500, 2.000, 3.000 milirroentgen. Por encima de los 3.000… Esas niñas… Ya no darán a luz ningún niño. Tienen los genes marcados.

(…) A lo largo del Prípiat vemos tiendas de campaña, familias enteras descansando. Se bañan, toman el sol. Estas personas no saben que desde hace semanas se están bañando y tomando el sol bajo una nube radiactiva. Estaba terminantemente prohibido hablar con ellos.

(…) Y quién dirigía la central atómica? Entre los directivos no había ni un físico nuclear.

(…) El hombre ha inventado una técnica para la que aún no está preparado. No está a su nivel.

 

¿Y qué os parece el fragmento que presenta la autora al final, que tiene relación con la foto que encabeza el post?

El turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten la Meca nuclear. Y a unos precios moderados.

(de materiales extraídos de periódicos bielorrusos, 2005)

(la foto es del paseo nocturno con Sasha por el centro de Kiev).

2 thoughts on “Chernóbil

  1. És molt fort el que explica aquest llibre. Se’t posa la pell de gallina! Van amagar, i van mentir, a la població el que va passar, no pas perquè fos a la URSS, sinó perquè per als estats el primer era, i és, el benefici econòmic. Igual que a nosaltres ens amaguen, com diu el text en vermelleta que heu destacat, les morts que produeixen els gasos dels cotxes, camions, creuers, avions…
    Enfí, a anar més en bici o en burricleta…

    • Sí que és fort… ara l’Erik s’està llegint el llibre i no sé si és massa. Hi ha molts detalls d’històries (no destacats aquí) que tela…

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